
sábado, 3 de abril de 2010
FUEGO, CAMINA CONMIGO, por Break on through to the other Dry

domingo, 14 de marzo de 2010
ESTO SÍ SUENA BRILLANTE, por Mr Dry

La tenía a mi lado, de pie, viendo el concierto. Con esa temeridad que inocula el alcohol, me atreví a ponerme a su espalda y abrazarla por detrás. Le di un beso en la mejilla (que ella no rechazó).
Le canté (le grité) al oído (en la oreja) la letra de la canción.
Dios, qué suave era.
Le pedí un beso (y me dijo que no).
No me podía despegar de ella.
Todo el mundo miraba al escenario y yo miraba sus mejillas, como idiota por volver a aterrizar mis labios en una de ellas.
(El resto es un secreto).
PD: Echaba de menos el blog. Menos moderneo y más biofruteo.
sábado, 13 de junio de 2009
EL TIBURÓN VICTORIA (II), por drysnki
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Permítanme que les cuente esta historia ahora. Sé que hay post más urgentes, sé que debo escribir sobre la aventura de Madcap, sobre cómo lo estoy echando de menos; sé también que hay un post-homenaje pendiente para alguien; hay también novedades en el ámbito de las ttjas, con varios post posibles para el comienzo, el nudo y el final de la historia; por si todo eso fuera poco, un club de fútbol acaba de pagar casi cien millones de ecus por un bakala, lo que me daría para escribir cienes y cienes de páginas llenas de demagogia y mala uva.
Sin embargo algo me empuja a hacer esto hoy, mientras aún resuenan en mi cabeza las palabras de Walter, que, además de ser su protagonista, es el que me ha contado lo que sigue,.
Walter es músico, uno de esos músicos malos con ganas, y con una trayectoria de lo más irregular. Sin embargo, el otro día le ofrecieron tocar con una banda con posibles. Ensayó como si le fuera la vida en ella, hasta que en los dedos le salieron unos callos de recogedora de percebes de las Rias Baixas. Llegó el día del concierto y los nervios le atenazaban. Había muchas cosas en juego, una situación novedosa, sobre todo comparada con los meses anteriores.
Ya subido al escenario, tenemos a Walter tocando los temas de su nueva banda, rígido y tenso, pero bien. Sobreponiéndose al miedo físico e intentando mantener la concentración, para no meter uno de esos “cazos” que harían sonrojar al público y enfadarse a la cantante. Walter está en una de las esquinas del escenario, que está en alto y cerca de una de las puertas del local, que acaban de abrir porque hay tanta gente que ya no se puede entrar por la principal. Nota el aire fresco de la noche de junio que le da un poco por la espalda, nota gente entrando y mirándole desde abajo mientras se adentran en la marabunta del público. Cuando por fin se decide, durante uno de los riffs más complicados de entre los que tiene que hacer, cuando por fin se decide –decía- a mirar a su izquierda, su mirada va directamente al punto de fuga de la imagen. Walter se ha girado y sus ojos van como una flecha a clavarse en unos ojos azules intensos que le miran desde abajo. Todo ocurre en una décima de segundo, pero sabe que es uno de los recuerdos más perfectos que jamás va a conservar. La chica está entrando al local, en un momento del concierto, que más bien parece una banda sonora para esa situación. En un razonamiento fugaz, Walt se hace una composición de lugar: es casualidad que ella esté aquí, no ha venido –ni mucho menos- a verte. Va con su chico, que avanza delante de ella, haciéndose un hueco con su imponente cuerpo de jugador de polo suizo: él no sabe nada de la escena que se está desarrollando a su espalda, y que acaba de congelar el tiempo. Durante una décima de segundo sus miradas, la de Walt y la de ella, se cruzan, y en la cara del primero y empujada por un escalofrío en todo su cuerpo nace una sonrisa triste, como a cámara lenta. Desacostumbrado como está a que la realidad proporcione momentos mágicos, Walt no sabe si ese segundo se volverá mezquino en seguida… pero nada de eso ocurre. La realidad y el propio Walter, y la música, y ella, y su novio, todos están a la altura de semejante confabulación de circunstancias. Sus ojos azules se abren todavía más, Walt mantiene su sonrisa. Entonces, el tiempo se reanuda. Sigue el riff y la gente empuja para entrar, ella busca la mano de su novio y los camareros siguen sirviendo, ajenos a todo lo que acaba de pasar.
Durante el resto del concierto Walter encuentra varias veces los ojos de la chica a la que ama, y le cruzan por la cabeza pensamientos de adolescente como coches de carreras. También al final la ve, incluso habla con ella, incluso ella le obliga a estrechar la mano de su jugador de polo (“éste es Walter, él es…”, no consigue retener su nombre, menos mal).
Mientras carga todos los instrumentos en el coche, Walter la ve sentada con sus amigos fuera en la acera, tomando una cerveza, y le invade una envidia épica: ojalá fuera yo el que escucha lo que dice, el que la puede mirar de cerca durante más tiempo que una décima de segundo; ojalá fuera yo el que ahora se aleja con ella para buscar el coche, el que la abraza por la espalda antes de entrar al portal, el que baja la basura porque antes se les ha olvidado, el que la besa bajo las sábanas.
Han pasado un par de días y Walt me lo cuenta como si se hubiera quedado suspendido en ese momento, pobrecito, y acaba diciéndome que ya no quiere encontrársela nunca más.
viernes, 29 de mayo de 2009
Sexeaside - Madcarpaccio

Si bien hay veces que no vemos muy bien nuestro camino y parece que estamos en la cuneta, también es cierto que basta un golpe para recolocarte. Sobre todo para gente con personalidad que ha sembrado y tiene las espaldas cubiertas.
Hablo en concreto de X, aunque quizá pronto él hable sobre ello. (esperad, acabo de despejar X y me da.... Gargamel). Pues bien, Gargamel se encontraba desde hace unos meses en un sendero fangoso, a veces con el agua hasta el cuello, y otras hasta los coquitos, a veces incluso se le veía paseando con mucho mejor aspecto del que decía tener. Yo? yo soy una ardilla buena que pasa por el monte, le conozco de hace años.
Gargamel siempre ha sido recto, pero jovial y majo, ideas fuertes y una personalidad íntegra. Su mojo, bendecido por Sir roquefeler sifredi y Sylvia Saint hacía que sus conquistas en territorio femenino fuesen bárbaras, arrasaba sin duda, qué espectáculo. En su profesión destacaba como PGF. Llevaba el sol en el pecho.
Qué paso? una época mala, uno de esas épocas en las que el sopor llevan al vaho y el vaho a no ver bien, y todos los coches colisionan en mayor o menor medida. Así que Gargamel empezó a ser pesimista, engordar, hacerse a hábitos sedentarios y alienantes. Yo como ardilla le preguntaba por su estado, pero siempre me pareció, por ser ardillo o por ser así mi comprensión, que él hablaba de problemas relativos, así que algo más debía haber.... un trasfondo más serio......
Como ardilla, soy feliz comiendo bellotas y ajusticiando verbalmente a estúpidos censores tarados de medio pelo, pero me puse a estudiar un libro de antropología humana, un comic porno (el haba verde) y otro libro de Hume, total, salí preparado, raudo en busca de Gargamel, esta vez con el agua hasta su corazón sexual y la cabeza en una marea de ideas absurdas. Ahí comprendí que él estaba pendiente de un destino, sugestionado por su cupo de hembras, insidiosamente esperando realmente una buena moza, viendo que su físico había cambiado. Pero como él mismo dijo, no hay que esperar que lo bueno sea tan bueno ni lo malo tan malo, y en su caso su objetividad no era tan real, pero sí que es muy natural. Gargamel no llegó a comerse a ningún niño, pero en su bucle cerrado quedaba un agujerito de luz, y por supuesto que tenía vida, conmigo jugaba a menudo, pero necesitaba remozarse en sí mismo.
Ahora ha recibido lo que esperaba y ha ganado, es el comienzo y pinta muy bien. Gargamel, sólo lo fue unos meses, ya no lo es, Sexyside lo ha conseguido, otro gran paso y logro que dejará los fantasmas del pasado.
En este momento estamos en mi casa del árbol mancillando unas mozas y tomando té te jas, más a gusto que don señor monsieur Dios. Luego nos pegamos un baño en pelotas y continuamos nuestra vida, mejor, optimizada, más clara por el momento.
Enhorabuena Cuoyen
lunes, 25 de mayo de 2009
EL TIBURÓN VICTORIA, por Mr Dry
Señor presidente, miembros y miembras del comité, majestad, bitter conch, mi ponencia de esta noche versa sobre el amor que profesé a una chica con nombre de canción y cierta tendencia a pasar de mí.
La conocí en una de las peores épocas de mi vida, y en una de las ciudades más feas y frías que conozco. La manera en que di con ella fue realmente rocambolesca. A mí me quedaban unas pocas semanas en aquel sitio, y decidí que antes de irme iba a hacer algunas cosas simbólicas, llevar a cabo algunos actos que desplazaran –al menos momentáneamente- a los recuerdos más jodidos de los últimos meses. Entre esas cosas a las que me refiero, no sé por qué tanto bombo, estaba el tirarle los trastos a una chica a la que llamaremos “Locapelos”.
“Locapelos” se intentó meter en mi cama una vez, después de una fiesta que hice en mi piso. Le tuve que pedir un taxi para quitármela de encima, imaginaos la cara que se le quedó cuando le dije “Ha llegado tu taxi”… “¡¿Que me has pedido un taxiiiii?! Cabronazoooo!!”
Meses después pensé en llamarla y ver qué tal (sí, soy conocido entre mis amigos por eso que tanto detestan las amigas de las chicas: reaparecer como Perico por su casa en plan “quétal”).
Quedamos para tomar una cerveza, la Locapelos y yo, y en menos de cinco minutos ya me había mentado a su novio (el mejor, el requeteguay, el increíble Protopop que la iba a engañar cuarenta veces a la semana de media). Ah, qué guay, estás con Protopop…
Inexplicablemente (supongo que por ver si lo habían dejado), la semana siguiente quedé con Locapelos de nuevo: mismo bar, mismas ganas de ver su ropa hecha un buruño en mi habitación. Locapelos no venía sola, como os podéis imaginar. Con ella traía a una compañera de trabajo. Era una chica menuda, con una mirada extrañísima: unos ojos azules intensos, enmarcados por unas inverosímiles cejas y un miniflequillo. Ahí estaba, delante de mí, el Tiburón Victoria.
Yo, que me suelo quedar callado como un pazguato, necesito que las personas que conozcan sean más que simpáticas. Necesito que sean generosas: que sean capaces de obviar el mundo y acercarse un momento a mi trinchera. La imagen –no muy elaborada- sería la de una maestra, acercándose a hablar con el zagal ensimismado y que parece que se ha cagado encima. En un mundo lleno de egos inflados estas situaciones se dan poco, pero aquella noche ocurrió.
Squalor Victoria se acercaba a hablar conmigo, consiguiendo eso que da tanto gustico cuando se interesan por tus cosas: hacerte sentir especial.
Locapelos seguía hablando de su protopop, de su fantástico pelo y de los problemas que ya se intuían en el horizonte, mientras que Squalor y yo nos salíamos sigilosamente de escena.
La invité a subir a casa. Todo iba bien. O eso creía yo, porque de repente ella dijo que se iba. Se vistió y se fue, vaya si se fue. Yo creí que realmente se iba por el trabajo del día siguiente, por no amanecer en una casa ajena, o yo qué sé: realmente hay gente que cree en esas cosas… yo no, pero mis vecinos tienen cara de que sí.
Durante la semana siguiente, Squalor no contestó a ninguno de mis sms, ni a las dos o tres llamadas. Al final, unos diez días después, quedamos. No hizo falta que me explicara nada: mi larga experiencia como augur de catástrofes me sirvió para prever esa quedada de “oye, me gustas, pero creo que vas muy deprisa y yo ahora necesito ir despacio por cosas que me han ocurrido antes”.
Hacía frío. Hice chistes con encanto sobre la nueva situación, en la que ella sería mi último recuerdo amable, y yo sería el tipo que le mandó tres mensajes en un día. Le di dos besos de despedida, y la vi cruzar por el semáforo que corta en dos esa avenida de mierda.
Volví a casa dándole patadas a las latas, componiendo tal que un anuncio de colonia de hombre, con la diferencia de que a mí me habían dado boleto, un ticket para irme solo a casa y para echarla de menos hasta hoy, un año y medio después.
La he vuelto a ver unas cuatro veces desde entonces. En todas ellas le he insinuado más o menos que la amo, que le montaría un castillo de naipes, que me iría a Segovia en Saltapick si ella me lo pidiera,… sus respuestas han sido siempre amables y diplomáticas, como queriendo decir “eso se lo dirás a todas, galán”. Creo que se asustaría si descubriera que mis promesas locas van en serio.
Bueno, en realidad, ahora da un poco igual, porque ella vive con su chico; un chico sano y luminoso, que no hace castillos de naipes, sino de fuerte piedra granítica, y que seguramente tiene uno de esos coches americanos tan caros y molones.
Squalor Victoria es mi último recuerdo amable: de todas las cosas que nunca he tenido, ella es la que más echo de menos.
Buen día a los fruittis de buena voluntad.
