viernes, 17 de marzo de 2017

PERDER UN IMPERDIBLE, por Dry de los Viernes Solo

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Cuando hace años mis padres alquilaban una casa para pasar el verano y que mi pequeña hermana pudiera bañar su pequeño culete en el mar en vez de morir de ascopena como mi hermana mayor y yo, yo acompañaba a mi madre en las expediciones para buscar casa. La recuerdo terriblemente frustrada al salir de cada una de ellas, siempre enfadada con los dueños por tener oscuros cuadros con escenas de caza, porque su casa estuviera muy lejos de la playa o porque tuviera escaleras para ir a las habitaciones. Recuerdo mis vanos intentos por hacerla entrar en razón. No podía enfadarse, le decía, no era lógico. La realidad tiene la fastidiosa costumbre de no plegarse a nuestras expectativas. Dos males tendrás, le decía. Pero creo que me veía a lo lejos, como si estuviera encerrada en una campana de metacrilato. Mis palabras no llegaban a su cerebro. Ella quería que funcionara, no entendía por qué aquella casa no estaba más cerca, la desfachatez de los dueños al tener muebles tan feos. Yo sonaba a lo lejos.

Soy hijo de mi madre, no lo puedo remediar. No entiendo que las cosas sean así como son. Tengo un vacío en el alma que no puedo llenar, que se ensancha cuando fuerzo las cosas para que entren. Tengo la autoestima de una adolescente con sobrepeso y sin habilidades sociales. Tengo una especie de obsesión con los otros que me impide mirarme con neutralidad. Como en el chiste de Woody Allen, tengo que decidir entre el ser y el estar en el mundo, pero me da vértigo pensar que haga lo que haga, los del otro lado se lo estarán pensando mejor. Hago constantemente llamadas para que me socorran. Tengo la insensata manía de creer que con solo un poco de fe por parte de alguien podría sostenerme firme. Estoy convencido de que lo peor que me ha pasado en la vida es sentir que quería estar con alguien y que no podía. Me venía nítida la imagen de alguien -yo mismo- cayendo por un agujero y destrozándose las uñas y los dedos al intentar agarrarse a las paredes. El calor que no calentaba, la prosopagnosia, el mundo se había acabado y nadie parecía darse cuenta. Y en todo ese totum revolútum una especie de enfado del Sujeto con el Objeto Directo, como mi madre cuando se enfadaba con los dueños de las casas de alquiler. No se trataba de la sensación protagonista, ni mucho menos. Todo estaba escondido bajo toneladas de mierda de auto-odio y así se manifestó siempre. Pero luego, en los despachos -como dice la gente del fútbol- había ese pequeño cine fórum, ese lamento, ese enfado. ¿Por qué no me quieres como quiero que me quieras? ¿Por qué no me proteges, no siempre ni en serio, pero sí como yo te pido? Y claro, tú eres como eres. Ya estaba así cuando llegué.

Y así me han visto, muchas veces ya, hostiarme contra el suelo. Soltarme de la mano voluntariamente y decir, a lo Mónica Naranjo, desátameeeee o apriétame más fuerte. Y quedarme más solo que la una menos cuarto. Con mi autocompasión, mi autoanálisis y mi autoodio, hala, todo para mí. Y los valientes muchachos que combaten el terrror y la injusticia reaparecen en la lista de posibles, y yo, como un vulgar asesino machista, creeré que eso confirma mi teoría, y será como el colmo de un sastre, perder un imperdible.


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