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Te pongas como te pongas, el significado etimológico de la palabra perfectum es "acabado". Quizá la perversión cristiana le negó a posta el atributo a las cosas que nos rodean para concedérsela al popurri de dioses al que llamaron Dios. El caso es que desde entonces, pocos han reparado en que la característica principal de la perfección (and maybe la única) es la idea de conclusión. La esfera o el círculo son perfectos porque son cerrados, y no porque tengan superpoderes o sean el modelo de las cosas redondas en general.
El hombre es perfecto. Pero es que el Homo habilis también lo era, y el erectus, y los primeros anfibios, y los protozoos más asquerosos, y la célula solitaria también. Un hombre con alas o con ojos en el cogote no sería más perfecto. Darwin lo vio claro. Lo verdaderamente flipante no era ver hacia donde se dirigían las especies (lo que implicaría que buscaban una perfección de la que carecían), sino ver cómo nacían especies nuevas en paralelo a las ya existentes. Las especies son perfectas, están acabadas. La otra perfección es una quimera, resultado de la pendiente resbaladiza antropocéntrica.
Los budistas lo ven claro, porque entienden que la perfección aparece cuando se deja de buscar, cuando ni el pasado ni el futuro estorban al presente. El temor (de no ser perfecto) y la esperanza (de llegar a serlo) enturbian la verdad hasta hacerla invisible.
La perfección existe, solo que no es lo que creemos. La perfección es esto. Y creeremos tenerla a salvo en las manos, pero se nos escurrirá como el agua. Y vendrán otra liga y otras olimpiadas y nuevos temores y esperanzas que nos harán buscar en otros sitios. Pero la perfección estará ahí para siempre: una esfera, cerrada sobre sí misma, a salvo del mundo y de nosotros mismos.
