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Mr Dry nació en 1978, en el seno de una familia humilde. Tuvo una infancia relativamente normal en su pequeña ciudad de Hobbiton. Tuvo una madre abnegada y una especie de padre ausente. Fue educado por la televisión y las películas que alquilaba su tío. Los fines de semana, sus progenitores lo llevaban a pasear por El Corte Inglés, y así seguramente fijó su definida personalidad de flâneur. Durante los veranos intentaba entretenerse jugando con su hermana mayor a cosas terriblemente grises, lo que seguramente afianzó su idea del ocio como algo a bajas revoluciones, como una balsa de aceite.
Dry envidiaba las historias veraniegas de sus amigos -en lo que él reconoce como su único trauma infantil y prepúber. De repente un verano le salieron muchos pelos en las piernas y unas patillas que ningún otro chaval de doce años podía siquiera soñar. Eso significaba que algo estaba cambiando; entre otras cosas, las chicas habían entrado en acción. En una acción lejana, como para un espectador de teatro.
Dry se pasó toda su adolescencia masturbándose alegremente primero, rutinariamente después. Escuchaba con fruición las historias de besos de sus amigos y se empezaba a sentir fuera del mundo. Dry era sensible, observador como un búho, atento a los gestos que veía y las frases que escuchaba. Sus gustos musicales y cinematográficos se afilaron como los colmillos de un vampiro. La música era el complemento necesario para su verdadera adicción (junto con las pajas) adolescente: cerrar los ojos e imaginar historias con él de protagonista (pero con escenarios y situaciones distintos).
Así, seguramente, Dry dejó de pisar con fuerza en el terreno de lo real. Era volátil como una pluma, flexible como un junco, transparente como el éter.
Al llegar al instituto, Dry por fin conoció gente nueva. Se reinventó mirándose en el espejo de otras personas. Comenzó a admirar la inteligencia y el talento, en vez de los cuerpos o el carisma social. Tuvo sus primeras conversaciones interpretativas del mundo, y besó, por fin, a una chica en los labios.
Pero el instituto se acabó, y Dry no había hecho más que soñar encadenado a su walkman Aiwa y pisar asidua y levemente algunos bares. ¿Qué le iba a pasar?
Pues lo que vino después fue realmente feo. Dry no tenía herramientas, recursos para enfrentarse al mundo adulto, así que al llegar al descanso ya iba perrdiendo 5-0. Toda la gente que hoy admira se comió el mundo entre los 18 y los 25 años. Y a él el mundo se lo estaba comiendo de dentro hacia afuera. Por eso, cuando ya no pudo más, y no por buscar algo sino por huir, se fue de la ciudad. Había pasado varios años rumiando la posibilidad,y al fin Dry echó los papeles para cambiar de universidad, se compró un macuto enorme y metió todas sus cosas. Se fue creyendo dejar atrás por fin el tiempo perdido.
Cuando Dry llegó a su nueva ciudad, ya tenía 21 años, lo que le capacitaba para comprar alcóhol en Oklahoma y también para asentarse en el mundo de una puta vez. ¿Ocurrió eso? ¿Se libró Dry del miedo? ¿Fue capaz de sonreír sin torcer el gesto? ¿Se quitó el peso de encima? ¿se libró de la insoportable levedad?
Pues tampoco: la tentación de relajarse (los "sueños de comodidad", de los que hablaba Ananke), le vencieron por enésima vez. Se dedicó a lo mismo pero en otro lugar. No tenía dinero y no sabía cómo conseguirlo. El miedo le podía casi siempre, y corría a esconderse bajo las faldas de alguien. ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué no surgía efecto el plan maestro? Parecía definitivamente que Dry, que había nacido con estrella, se empeñaba en estrellarse. El miedo a no estar a la altura lo paralizaba. El haber empezado a pisar tierra firme con tantos años de retraso con respecto a la gente que le rodeaba, lo dejaba quieto, sin poder hacer nada, convenciéndole de que no había nada que hacer ya. Eran, de nuevo, los mismos miedos de patio de colegio. ¿Iba a ser así siempre? ¿Había algo que hacer?
No había nada que hacer, concluyó a la manera de Cioran. No había nada que hacer . Y solo tenía 23 años.
En ese tiempo, Dry volvió a su ciudad natal. Y él, que había tenido varias novias, pero ninguna relación, se metió en su primera historia seria. Seria en el sentido de que la cosa iba directa y sin frenos hacia un standard de vida (completamente respetable, pero desquiciante para una persona que andaba preguntándose todo el tiempo cómo cambiarse a sí mismo). Por eso, tres años después, y aunque la ruptura le iba a partir en dos (por el cariño compartido), Dry decidió dejar a esa chica. Y salió a la mar de nuevo.
Una nueva oportunidad, se decía Dry. Era el momento de llevar a cabo esa revolución difusa que acabaría por fin con la sensación de "no estar donde debes estar".
Pero tampoco entonces ocurrió. Dry se acomodó de nuevo. Fascinado por las luces de neón de los bares y la increíble variedad de ropa interior femenina, Dry se metió otra vez en una vorágine de inconsciencia y celebración frívola de no se sabe muy bien qué. Iba cumpliendo años y su cuerpo se iba resintiendo, y sus anhelos de cambiar (y pisar con fuerza en una dirección definida) seguían ahí pero eran inoperantes.
Entonces ocurrió algo inesperado: Dry se enamoró. Quizá por primera vez en su vida. El amor, la fuerza que mueve al mundo, le atravesó desde los dedos de los pies hasta la punta de la nariz. Cuando uno está enamorado quiere dar lo mejor de sí, quiere ser feliz y hacer feliz. Y sin embargo, Dry había perdido toda su forma física y mental tras tantos años de meter basura bajo la alfombra. Dry, que durante tanto tiempo no se gustaba a sí mismo, literalmente se empezó a odiar. Intentó arrlegarlo, pero no pudo. No podía soportar su pasado, su aspecto, sus chistes, su indolencia ni su flojera. Todos los fantasmas salieron de sus cuevas y atacaron como la Legión Cóndor a la apacible gente de Gernika. Dry perdió. Dejó a su chica y se le rompió su corazón pegado con fixo.
Desde ese momento hasta hoy, Dry vive escondido, creyendo que se protege a sí mismo. Ya no sueña casi con cambiar, y se conforma prácticamente con no volver a hostiarse contra el suelo. A veces se siente frustrado por haber desaprovechado su increíble capacidad de adaptación para hacer algo más interesante, más elaborado, más continuado en su vida (que se diría un recopilatorio de canciones cada una de su padre y de su madre), sin embargo, se conforma con andar pasitos pequeños en pequeñas direcciones. Con ponerse pequeños plazos, con darse pequeñas alegrías, con haber aprendido a manejar los botones de la cabina de control.
A veces se siente un lobo herido, a veces un discípulo tonto que no puede retener las cosas que aprende. A veces se siente un secundario con chiste dentro de una trama principal.
Otras veces, empero, se hincha como un globo, como un punto que se expandiera y sustituyera al universo.
Sin embargo, la mayor parte del tiempo va a trabajar, escucha música y lee libros, besa a su familia y acude al fisio para que le masajeen la chepa, conduce su coche y mira muchachada nui en interner, recuerda las cosas que le han pasado y a veces hasta las consigue entender con ternura. A veces se acurruca y otras se despereza. A veces le puede el cansancio y la abulia. Otras veces se emborracha o se droga con alegría. Otras, intenta dejar de fumar o comer un poco más sano. A veces llora de impotencia o se sorprende de su propia mezquindad o impudicia. A veces se hace unos líos tremendos, y otros lo ve todo claro y se le deshace el nudo de la garganta. A veces se constipa y se queda al borde de la muerte, otras es capaz de hacer sonreír a los niños. A veces se extraña y se siente mal al pensar que si solucionara sus cosas, después le esperarían dudas más grandes y terribles: ésas que compartimos todos por el mero hecho de estar aquí.
Un abrazo.
Mr Dry